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viernes, 25 de octubre de 2013

GALÁPAGO LEPROSO RECIÉN ECLOSIONADO JUNTO AL ALGODOR

A principios de este mes de octubre hicimos una visita al río Algodor, por debajo de la presa de Finisterre. Este curso fluvial es uno de los tributarios más importantes de la margen izquierda de la cuenca media del Tajo que, en general, no son caudalosos. Esto se debe no sólo al clima, bastante árido, sino a que estos afluentes son cortos y drenan áreas relativamente pequeñas. Además, a diferencia de lo que sucede con los tributarios de la margen derecha (norteños), estos riachuelos meridionales nacen en las elevaciones modestas de los Montes de Toledo, que recogen unos volúmenes de precipitación anual relativamente pequeños.

Con todo, originalmente el Algodor era la suficientemente caudaloso como para permitir la pesca artesanal con redes. Particularmente durante las migraciones reproductivas de bogas y barbos, en primavera, cuando grandes cantidades de estos peces remontaban el río desde el Tajo, para alcanzar sus zonas de desove. 

A día de hoy, sin embargo, apenas hay peces en su cauce. Agotado su caudal en los embalses construidos en su cabecera, la corriente del Algodor bajaba este octubre en muy mal estado. No sólo corría apenas un hilillo de agua, sino que éste era verde, muy contaminado por residuos urbanos de los pueblos ribereños.

La visita, eso sí, compensó por el paisaje, interesante por la gran cantidad de cornicabras (Pistacia terebinthus) que crecían en las inmediaciones. Además, muy cerca de la orilla del pobre Algodor, encontramos un diminuto galápago leproso (Mauremys leprosa):


Se encontraba camino del río, con toda seguridad buscando el agua después de emerger del nido. Acababa de eclosionar, porque aún se distinguía parte del saco vitelino en medio del plastrón. Las hembras depositan los huevos en primavera y hasta el mes de julio y, para ello, salen a tierra y se alejan del agua, buscando elevaciones a salvo de las crecidas. En puntos propicios, es frecuente que varias hembras pongan unas muy cerca de otras, formando agregaciones de cría. Una vez enterrados los huevos, se incuban a lo largo del verano y eclosionan a finales de la estación o en otoño. Las puestas más tardías pueden pasar el invierno latentes en el nido, para emerger ya en primavera.

Aunque resistente al frío (los inviernos en la meseta son crudos), esta tortuga acuática necesita veranos cálidos y lo más largos posible. Esto puede explicar que falte en el norte de nuestra península y que no haya colonizado más que áreas pequeñas del sur francés. La mayor parte de los miembros de su familia (Geoemydidae) son tropicales; pertenecen a una antigua estirpe de quelonios cuya cuna evolutiva se encuentra en el sudeste asiático. Nuestro galápago leproso es el geoemídido más occidental, y uno de los que alcanza latitudes más norteñas. Aún así, tiene sus límites.

Liberamos este pequeñín en la orilla del Algodor.


Lo soltamos un poco aprensivos, dado el color y el olor del agua. Su especie se encuentra en rápida regresión. Antaño muy abundantes, nuestros galápagos leprosos se hacen cada día más raros. Las principales razones son la destrucción de sus hábitats (en la que participa la contaminación) y la introducción de tortugas acuáticas exóticas.

martes, 21 de mayo de 2013

LAGARTIJA IBÉRICA (Podarcis hispanica) EN UÑA


Esta fotografía de David tiene mérito, porque la sacó con su móvil. La tomamos en Uña, en plena serranía conquense, y corresponde a dos lagartijas ibéricas (Podarcis hispanica) tomando el sol a finales de marzo.

Este lacértido, que muestra una marcada preferencia por enclaves soleados y rocosos, es uno de los saurios más extendidos de nuestra península. Pese a su nombre, no se trata de un endemismo ibérico, aunque Iberia supone el centro de su área de distribución. Ocupa una amplia variedad de hábitats, desde el nivel del mar hasta áreas montanas por encima de los 1.000 de altitud, y climas que van desde  subtropicales semiáridos (costa de Almería) hasta eurosiberianos suaves (como el litoral cantábrico). En ese amplio rango geográfico y ecológico, las lagartijas ibéricas aparecen en numerosas formas de colores y características ligeramente diferentes.

Hasta ahora, se pensaba que se trataba simplemente de variaciones locales, producidas por la adaptación a condiciones específicas. Sin embargo, recientes estudios genéticos demuestran que la realidad es mucho más compleja que esto. Nuestro territorio tiene tras de sí una historia geológica y climática sumamente complicada, en la que el pulso de los periodos glaciares y la disposición de las cordilleras aislaban y volvían a comunicar, de forma intermitente, las poblaciones de muchos animales y plantas. Entre los más susceptibles a estos procesos de aislamiento en refugios climáticos (durante los máximos glaciares) y expansión posterior (durante interglaciares más templados) están las lagartijas rupícolas. 

Probablemente sea esto lo que explique la existencia de diversos linajes, genéticamente diferenciados, dentro de lo que conocemos como Podarcis hispanica. Tan diferenciados que, en realidad, podrían suponer especies totalmente separadas y polifiléticas. En la actualidad, se reconocen como especies diferenciadas  formas como la presente en el suroeste peninsular y noroeste de África (Podarcis vaucheri), aunque seguramente se necesite una revisión taxonómica a fondo para aclarar la verdadera naturaleza del complejo de especies que, hasta hace muy poco, hemos considerado "lagartijas ibéricas". 

Una prueba más de lo poquito que comprendemos el mundo en el que vivimos y del que, pese a ignorarlo casi todo, nos hemos autoproclamado gestores.



miércoles, 10 de junio de 2009

LAGARTIJA DE VALVERDE EN CAZORLA

Lagartija de Valverde (Algyroides marchi), es el único saurio del género Algyroides de la Península Ibérica. Se trata de uno de los vertebrados más raros y con distribución más restingida de todo el continente europeo: sólo vive en las sierras de Alcaraz, Cazorla y Segura, por encima de los 700 m de altitud. Prefiere lugares sombríos y húmedos con grandes rocas. Pese a todo, en la Semana Santa de 2006 no nos resultó difícil encontrar varios de estos animales junto a un camino de montaña, en un terraplén pedregoso con poca insolación. El paisaje era típico del alto Guadalquivir, junto a un río de aguas cristalinas rodeado de un bosque maduro de pinos, encinas y diversas especies de matorrales propios de ambientes forestales mediterráneos de cierta altitud.



Según íbamos subiendo vimos junto al camino un par de pequeñas lagartijas. Yo nunca había visto una de Valverde, y la verdad es que me hizo mucha ilusión. No eran particularmente asustadizas, aunque el hecho de que la noche hubiera sido bastante fresca tal vez tuviera que ver con su poca disposición a escapar.



Además de su pequeño tamaño, me llamó la atención que no eran ni muy rápidas ni muy ágiles, por lo que resultó muy sencillo coger un ejemplar delicadamente para hacerle esta foto.