jueves, 17 de abril de 2014

SAPO PARTERO DEL SURESTE (Alytes obstetricans pertinax)

Aprovecho esta entrada para volver a llamar la atención sobre las poblaciones de anfibios en la Comunidad de Madrid y, más específicamente, en la áreas orientales y meridionales de la misma (las más pobladas fuera de la capital). Los anfibios se consideran un grupo de seres vivos clave para medir el estado en el que se encuentra el medio ambiente en el que viven. Varias de sus características, como el uso de una variedad de ambientes a lo largo de su ciclo vital, su sensibilidad de la contaminación química y a otros factores adversos, hacen que sean unos de los primeros grupos de animales en verse perjudicados cuando los ecosistemas se deterioran. De hecho, las desapariciones masivas de anfibios en diversas áreas del planeta, se interpretan como síntomas de un verdadero cataclismo medioambiental global.

En España, a medida que en las últimas décadas se han desarrollado nuevos estudios, hemos descubierto que ni siquiera conocíamos cuántas especies vivían en nuestro territorio: eran más de las que pensábamos, y con un elevado grado de endemicidad. Un ejemplo de esto mismo es la descripción reciente de Calotriton arnoldi y de Triturus pygmaeus, que han resultado no sólo especies nuevas para la ciencia, sino que, en el caso de Calotriton arnoldi, pueden encontrarse gravemente amenazadas.

En otros casos, las revisiones de las características morfológicas y genéticas de diversas especies, han arrojado luz sobre la existencia de poblaciones geográficamente diferenciadas en muchos taxones. Esto, a su vez, se encuentra relacionado con la compleja historia climática y geológica de nuestra península. Pongamos un ejemplo: el sapo partero común (Alytes obstetricans).

La historia de los sapos parteros es muy muy antigua. Llevan en esta tierra mucho más tiempo que nosotros, los homínidos, y en su dilatada existencia han sobrevivido a todo tipo de cataclismos. Hace 16 millones de años, vivían alrededor de los grandes lagos salinos del centro de la península ibérica. Entre tanto, lograron dispersarse por la cuenca de un mar Mediterráneo agonizante, seco, reducido a un rosario de lagos hipersalinos situados en el fondo de lo que actualmente es el Mare Nostrum. Así fue como lograron alcanzar las Baleares y el norte de África, irradiando en una variedad de especies regionales. En tiempos más recientes, durante los periodos más intensos de la última glaciación, logró sobrevivir en algunos refugios templados, libres del avance de los glaciares. Y, tras la retirada de estos, volvió a expandirse.

Uno de los refugios, fue el sureste peninsular, relativamente cálido. Hace unos 12.000-10.000 años, gracias al calentamiento gradual del clima, estos parteros del sureste volvieron a recuperar territorios hacia el norte y el noroeste. Se distinguen en varios aspectos de los sapos parteros que sobrevivieron en otros refugios, por lo que se consideran una subespecie diferenciada: Alytes obstetricans pertinax. Aunque la diferenciación es difícil, puede distinguirse de otras subespecies por ser menos corpulento, tener el dorso más pálido y un cráneo más alargado, así como por carecer de verrugas glandulares en el dorso. 

Alytes obstetricans pertinax es el sapo partero que, hasta hace unas pocas décadas, se encontraba presente en amplias zonas de lo que hoy es el Parque del Sureste madrileño. Es posible que, aún a mediados del siglo XX, este anuro ocupara buena parte del sur, sureste y este de Madrid, penetrando por el valle del Manzanares y extendiéndose hacia Toledo por el oeste. Sin embargo, a día de hoy, puede afirmarse que esta especie ha sufrido una regresión pavorosa, hasta el punto de que se encuentra virtualmente extinto en casi toda la cuenca del Jarama. Citas de mediados del siglo pasado, apuntan a que era común en diversos puntos de la misma, generalmente asociado a la llanura aluvial y sus inmediaciones. 
Esto se encuentra relacionado con la historia evolutiva de esta especie, que necesita una humedad ambiental elevada, buscando habitualmente ambientes boscosos, frescos y húmedos. Seguramente, en el Jarama se encontraba originalmente asociado a dos medios diferentes. Por un lado, las vaguadas y arroyos estacionales que descendían por los cerros yesíferos, cubiertos de matorral y vegetación higrófila, que muchas veces desarrollaban pozas y pequeñas charcas. Por otro lado, se encontraba a lo largo de la planicie inundable del Jarama y sus inmediaciones. 

Es difícil hacerse una idea de cómo era el Jarama, porque hoy es un despojo, una caricatura de lo que era antes de que lo embalsáramos y cultiváramos sus dominios. La gente de sus riberas temía a este río. Por eso construyeron los pueblos lejos de sus corrientes devastadoras, de sus crecidas imprevisibles y furiosas. No tenemos en esta zona pueblecitos asomados al río, porque la gente le tenía demasiado respeto. Y es cierto que el Jarama era un río bravo, propenso a las inundaciones caprichosas y a los cambios de curso. Pero, precisamente por eso, su valle era uno de los más dinámicos y biológicamente diversos del centro peninsular. Extensos bosques inundables y no inundables se desarrollaban sobre los limos y arenas depositadas por los brazos fluviales. Y estos brazos, al ser abandonados por el Jarama, se convertían en rosarios de charcas cristalinas, rodeadas de bosques y pastizales. El paraíso de muchas criaturas. También del sapo partero.

La destrucción del paraíso es algo curioso. Porque podemos destruirlo físicamente, borrarlo del mundo. Pero aún más, conseguimos borrar el paraíso de nuestra mente: lo olvidamos, nos imaginamos que es otra cosa. Podemos mirar al Jarama hoy en día y decir que sigue siendo un río, que sigue ahí. Pero, en este nuevo mundo que hemos creado, a base de embalses, agricultura intensiva y urbanizaciones con campos de golf, el sapo partero no logra vivir. Y, tras resistir el paso de glaciares, el surgimiento de cordilleras infranqueables y escapar de mares en expansión, este anfibio desaparece ante nuestra indiferencia. En Madrid, las últimas poblaciones viables de Alytes obstetricans pertinax sobreviven como pueden en su extremo suroriental, asociadas en gran parte a la cuenca del Tajuña.

Por eso, estas fotos que tomó David hace algo más de un año, me dieron tanta alegría: 


Es un sapo partero joven, aparentemente perteneciente a una población reproductora situada en el entorno del Tajo, en el extremo sur de Madrid. Bastante lejos del Tajuña. También en el Tajo sus hábitats naturales prácticamente han desaparecido, y sobrevive reproduciéndose en balsas artificiales y alimentándose en ambientes ajardinados o huertas. En la práctica, estos últimos ejemplares dependen tanto de las infraestructuras hidráulicas humanas para criar, que se encuentran en una situación de extrema vulnerabilidad. No sólo están virtualmente aisladas de otras colonias de sapos parteros, sino que un cambio en las prácticas agrícolas, la falta de mantenimiento de aljibes o abrevaderos o el soterramiento de determinadas caceras, supondrían su extinción definitiva.

jueves, 10 de abril de 2014

ARTÍCULO SOBRE TANA Y EL OLVIDO

Me ha hecho ilusión encontrarme con este artículo sobre Tana y el olvido en el diario Más, así que lo dejo aquí puesto. Se ve que el periodista se ha leído la novela, lo cual es de agradecer.

“Tana y el olvido”: Ciencia-Ficción y desmesura creativa junto al Tajo


El miércoles 12 de marzo, en la Biblioteca Municipal, Miguel Martínez Rivas presentó “Tana y el olvido” (Ed. Adhara), una novela ambientada en el año 2576 y cuya acción transcurre en un territorio que al lector local le sorprenderá, especialmente, por lo familiar y cercano. Estamos muy acostumbrados a que este tipo de ficciones post-apocalípticas transcurran en lejanas regiones, casi siempre ubicadas en los Estados Unidos (pienso, por ejemplo, en “El planeta de los simios” o en “Soy leyenda”), pero entre nosotros no existe una tradición en el cultivo de este género. Por eso constituye una verdadera sorpresa esta novela (la primera de una trilogía) en la que sus personajes (pertenecientes a clanes de cazadores-recolectores) transitan por un territorio junto al Tajo, se internan en La Mancha o se aventuran hacia un insólito e “infernal” Madrid.
Miguel Martínez Rivas nos enfrenta también en esta inusual y ambiciosa obra con una fauna (osos, castores, jabalíes, avutardas, leones, flamencos, ciervos) y una exuberante flora desarrollada tras el cataclismo (“El Horror”) que tienen tanto protagonismo como los seres de carne y hueso. Los seres humanos han olvidado el lenguaje escrito (resulta estupendo el arranque de “Tana y el olvido” con un viejo intentando descifrar los signos-letras impresos en un cartel anunciador), pero conservan por tradición oral el hábito de contar historias y recrear mitologías que explican la Vida y la Muerte. También, por supuesto, veneran a sus Dioses y temen a sus Demonios que habitan en las ciudades derruidas y abandonadas.

Martínez Rivas (Madrid, 1978) es licenciado en Filología Árabe por la Universidad Complutense y ha residido, durante y después de sus estudios universitarios, en diversos países (Irlanda, Italia, Brasil y Marruecos). Su actividad laboral la desarrolla en el campo de la traducción y la enseñanza. Esta, su primera novela editada, cuenta con el aval de un prologuista como Federico Mayor Zaragoza quien señala de “Tana y olvido”: “Esta obra no es sólo una ficción muy atractiva y de fácil lectura, sino que es muy oportuna, porque la realidad -distinta, además, por ser descritas sesgadamente por un número excesivo de periodistas que son ´la voz de su amo`-moviliza muy precariamente. Y cunde la desesperanza. El buen periodista es el que describe fidedignamente lo que acontece… o pudiera suceder si no se corrigen las tendencias presentes. Comprometidos, implicados. es posible cambiar de trayectoria. El pasado no se repite fatalmente. La especie humana -como se concluye en este primer volumen de la trilogía y seguramente se confirmará en los siguientes- es capaz de inventar su futuro. La desmesura de la facultad creadora que la caracteriza, es nuestra esperanza”.

Fuente:

http://nuevomas.com/2014/03/21/tana-y-el-olvido-ciencia-ficcion-y-desmesura-creativa-junto-al-tajo/?fb_action_ids=847357358614665&fb_action_types=og.likes&fb_ref=.U0WOfy7fJvg.like

miércoles, 9 de abril de 2014

Tropinota squalida, EL ABOMINABLE ESCARABAJO DE LAS FLORES

Este pasado mes de marzo, David hizo esta foto a un pequeño escarabajo:


Se encontraba junto a una carretera, muy cerca de la ladera de un cerro yesífero. Lo que más llama la atención de este insecto es que tiene un aspecto tan peludo que parece una especie de insecto-yeti...

Con un poco de esfuerzo (dado que mis conocimientos sobre invertebrados son muy limitados), he conseguido identificarlo como Tropinota squalida, un coleóptero de la familia Scarabaeidae aunque, más específicamente, se engloba en la subfamilia Cetoniidae. Establecer la especie exacta no me ha resultado sencillo, debido al parecido entre Tropinota squalidaTropinota funesta, aunque algunas características apuntan claramente hacia la primera especie (como la prominencia marcada a lo largo de la junta de las alas).

Tropinota squalida es un escarabajo de distribución circunmediterránea muy extensa, que abarca la cuenca mediterránea europea, el norte de África y el oeste de Oriente Próximo, encontrándose también presente en el archipiélago canario. Ocupa preferentemente hábitats abiertos o semiabiertos, ricos en plantas con flores. Es más raro en medios forestales más densos, donde la diversidad de flores es menor. Esto se debe a que los adultos se alimentan preferentemente de estos órganos vegetales. No son insectos libadores, sino que muerden y comen los estambres y pistilo, fundamentalmente. Por este motivo, puede perjudicar determinados cultivos (como vides, árboles frutales o arándanos, caso de Huelva).

Tropinota squalida aparecen en su forma adulta dos veces al año. En primavera, de marzo a junio, emergen de forma escalonada de sus refugios invernales, y comienzan a volar y a alimentarse. Durante esta estación también se aparean y ponen huevos, antes de morir. De hecho, durante el verano no suelen observarse ejemplares maduros de Tropinota squalida, coincidiendo con un periodo de escasez de flores. Las larvas, eso sí, crecen rápidamente mientras tanto. Presentan un color blanquecino y se alimentan de raíces y otra materia vegetal en descomposición. Hacia finales de verano, completan su desarrollo y se metamorfosean en una nueva generación de escarabajos adultos. Estos ejemplares son los que se entierran durante el otoño para emerger una vez más la siguiente primavera.